| Dos voces para un baile
La vida no tiene explicación: se vive, no se comenta. El baile flamenco, porque está vivo, no es reflexión, ni tratado, es acto, aliento que fluye, movimiento que no se detiene. El bailaor está vivo porque respira, porque es en el escenario, porque se llena de tiempo y habita el espacio. Es como una hoja que mece el viento (que es la música, que es el ritmo, que son las voces) y un árbol que hunde sus raíces en la tierra (que es su corazón, que es su verdad, su alma). Con Dos voces para un baile, Javier Barón quería un espectáculo que fuera libre y vivo y esencial. Éste era el reto: un traje sin costuras, un edificio transparente. La apuesta era exigente, pero muy atractiva. Nada más difícil que desaparecer y estar presente a un tiempo, nada más complejo que la sencillez. Por ello, hemos diseñado una puesta en escena “invisible”, que nunca reclama un protagonismo que no le corresponde en este caso y que, sin embargo, acompaña cada baile, cada cante como un enamorado, como un primer espectador y lo coloca allí donde alcanza su plenitud. |